Nadie diría que el sistema operativo acompaña a un ordenador.
El sistema operativo determina lo que ese ordenador puede hacer.
La velocidad que alcanza, los errores que aparecen, las posibilidades que existen.
En tu empresa, tu cultura es el sistema operativo que determina cada resultado.
No es una metáfora bonita. Según un estudio de Culture Amp basado en más de 560.000 profesionales de 1.500 empresas, el rendimiento no es una característica de las personas. Es una consecuencia del entorno donde trabajan.
Sin embargo, muchas organizaciones siguen interpretando sus problemas de negocio como problemas de personas: falta iniciativa, falta velocidad, falta autonomía, falta criterio.
Y cuando esos problemas aparecen, intentamos resolverlos con indicaciones. Lo que no se ve tan claro es que las personas siempre terminan confiando más en lo que la organización hace que en lo que la organización dice.
Y ahí empieza el verdadero problema.
Porque mientras intentas acelerar decisiones, tu organización puede estar enseñando prudencia.
Mientras intentas ganar autonomía, puede estar enseñando dependencia.
Mientras intentas aumentar la iniciativa, puede estar enseñando que es más seguro esperar validación.
Dicho de otro modo, las consignas van por un lado, pero la cultura por otro.
Y los resultados empiezan a aparecer:
- El comité revisa retrasos.
- Algunas decisiones siguen bloqueadas.
- Los equipos esperan validación para asuntos que podrían resolver por sí mismos.
- El CEO vuelve a intervenir donde pensaba que ya no sería necesario.
Normalmente interpretamos que son problemas distintos.
Pero quizá no lo son.
Tras ellos, la cultura determina qué conversaciones ocurren, qué decisiones son posibles, qué riesgos merece la pena asumir o qué comportamientos se repiten.
Y todo eso termina produciendo los resultados del negocio.
Por eso una empresa no obtiene únicamente los resultados que desea.
Obtiene los resultados que su cultura hace posibles.
Y cuanto más tiempo permanece ese patrón, más energía consume la organización intentando resolver los mismos problemas una y otra vez.
Más decisiones vuelven arriba.
Más difícil resulta ejecutar la estrategia con la velocidad que exige el contexto.
Mientras la organización intenta resolver estos problemas uno a uno, la cultura puede seguir perpetuándolos silenciosamente.
La empresa entra en una dinámica agotadora: corregir una y otra vez las consecuencias sin intervenir nunca en la causa que las genera.
Corregir este patrón exige algo más que nuevos procesos. Porque cambiar este patrón no consiste en pedir más autonomía, más responsabilidad o más iniciativa.
Consiste en modificar las condiciones que están produciendo exactamente lo contrario.
Ahí es donde cobra sentido avanzar hacia una Empresa Líquida™: una organización diseñada para que la cultura impulse los comportamientos que el negocio necesita, en lugar de frenarlos.
Eso es precisamente lo que trabajamos en Kainova: lograr que las organizaciones evolucionen una cultura que limita los resultados que necesitan hacia otra capaz de impulsar los comportamientos que esos resultados exigen.
Porque la cultura siempre produce algo.
La cuestión es si la tuya está produciendo el negocio que tu empresa necesita ahora.